Un vínculo seguro con la madre reduce el riesgo de obesidad en la adolescencia

Actividad física y alimentación balanceada no son la única receta de un plan exitoso para bajar de peso en la adolescencia. Un estudio publicado en la revista Pediatrics indica que mejorar el vínculo del niño con la madre podría ser un importante pilar dentro de la estrategia.

Así lo indican investigadores de la Universidad Estatal de Ohio (EE.UU.) que analizaron las interacciones madre-hijo de 977 niños nacidos en 1991.

Para ello evaluaron a las duplas jugando cuando los niños tenían 15, 24 y 36 meses de edad.

Su conclusión es que aquellos cuyas madres se mostraron poco sensibles a sus necesidades y que tenían un apego poco seguro llegaron a ser adolescentes obesos en un 25% de los casos, mientras que esto ocurrió sólo con el 13% de aquellos cuyo vínculo con su madre era seguro.

Una de las explicaciones de los autores es que los centros cerebrales asociados al control de las emociones y del estrés trabajan en conjunto con los del apetito.

Como la capacidad de los niños de regular sus emociones se desarrolla durante las interacciones tempranas con los padres, aquellos que tuvieron padres más atentos y afectuosos tendrían una mejor forma de enfrentar el estrés y menos probabilidad, por ejemplo, de comer en respuesta a tensiones emocionales.

Según los autores -dirigidos por Sarah Anderson, de la Universidad Estatal de Ohio-, indicadores de una buena sensibilidad materna son su habilidad para reconocer el estado emocional de su hijo y responder reconfortándolo y acogiéndolo en forma consistente. Un apego seguro, en tanto, permite a un niño saber que su madre es una “base segura” desde donde explorar y que lo confortará ante una experiencia estresante.

Para Lautaro Barriga, psicólogo de la Unidad de Salud Mental del Hospital Roberto del Río, las conclusiones del estudio no son desconocidas. Hace unos años dirigió un pequeño estudio sobre apego y obesidad en niños donde detectaron que aquellos que habían tenido un vínculo de apego más ambivalente en la infancia tenían un índice de masa corporal más alto.

“Un buen apego ayuda al niño a ir construyendo su propia identidad. Si esta construcción se altera, su sentido de sí mismo es difuso y eso afecta su regulación emocional. Entonces, muchas veces emociones negativas, como rabia, pena, miedo, las anestesia con comida”, explica.

En la práctica, agrega la psicóloga Marcela Luarte, del Programa Pediátrico Adolescente del Centro de Tratamiento de la Obesidad UC, esto se traduce en que “a muchos niños obesos les cuesta reconocer sus emociones o describir lo que les pasa. Entonces, comen porque están aburridos o para calmarse. Tratarán de autorregularse comiendo”.

Prevenir desde la cuna

Prevenir, dicen ambos expertos, es posible desde la infancia. “Durante los primeros años de vida es fundamental que los papás puedan interpretar y entender bien señales del niño como sueño, hambre, angustia, y que respondan adecuadamente para calmarlo. Así, el niño podrá hacerlo solo cuando sea más grande y aprenderá que si tiene sueño, duerme; si tiene hambre, come, pero no come si está aburrido o con pena”, dice Luarte.

Cuando el adolescente ya es obeso, una de las estrategias para ayudarlo apunta justamente a enseñarle a identificar las emociones que preceden a su ingesta de comida, dice la psicóloga Ignacia Burr, de la Clínica Las Condes. “Una vez que identifica y nombra que estaba aburrido, ansioso o estresado, le ayudamos a darse cuenta de que comer no ayudó a resolverlo y a buscar las herramientas o habilidades para enfrentar esa emoción adecuadamente”.

Fuente: El Mercurio

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